26 de octubre de 2021 12:31 AM

Carlos Raúl Hernández: Sed de sangre

Delación y sentencia de muerte. Tales renuncias eran formalidades que firmaban los cubanos que iban a operaciones clandestinas. Libraban al gobierno de responsabilidades.

Carlos Raúl Hernández / @carlosraulher

Un 9 de octubre de 1967 hace 54 años apareció en Bolivia Ernesto «el Che» Guevara liquidado en una operación del ejército, la CIA… y Fidel Castro. Su paradero en Bolivia era periódico de ayer para los organismos de inteligencia desde hacía tiempo. Con frialdad, sin ápice de escrúpulos, dos años antes, en 1965, Castro había leído ante el mundo la carta de despedida y renuncia de Guevara a sus cargos y a la misma nacionalidad cubana para ir a “prestar sus modestos esfuerzos a otros pueblos del mundo” lo que disparó las alarmas de la CIA. Cuenta uno de los guerrilleros que lo acompañó hasta la muerte que el Che oyó la lectura por la radio en las selvas del Congo y le dio un ataque de furia, mientras gritaba que “¡el culto a la personalidad nos va destruir!”. Delación y sentencia de muerte. Tales renuncias eran formalidades que firmaban todos los cubanos que iban a operaciones clandestinas. Así libraban al gobierno de responsabilidades en caso que cayeran.Gana quien no se topa en la vida personajes tan demoníacos y sanguinarios como ambos, pero Fidel se complacía meticulosamente en humillar a Guevara, con el mensaje “tú serás tan terrible como te dé la gana, pero a quien hay que temblarle es a mí”. Friedrich Nietzsche decía que “el dragón no temía a la serpiente” ¿Pero por qué los monstruos gozan de popularidad y los celebran notorias figuras de la cultura? Ese misterio lo reedita el Blu-ray de la película de Steven Soderbergh sobre el Che, El Argentino, con un reparto tricontinental de primera magnitud: Benicio del Toro, Franca Potente, Matt Damon, Carolina Sandino, Edgar Ramírez, Julia Ormond. Protagonista y director declaran «desapasionamiento» su «objetividad». Esas categorías no significan nada para el arte, pero una obra biográfica que torea hechos trascendentes es una falsificación, sobre todos en figuras como Guevara, Ernst Röhm, Mao Tse-Tung o Josef Stalin.

«¡Fusilamientos sí; hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando… nuestra lucha es una lucha a muerte!». La aterradora frase de Guevara en las Naciones Unidas (11-12-64) con la que asume y banaliza el horror, resuena en la película como garantía de no ocultar nada. Soderbergh parece fajarse con el tema y relata el paredón a dos guerrilleros, «Cuervo» y «Esteban», violadores y extorsionadores de campesinos ¿Un «buen fusilamiento»? ¿Zanja eso el tema? El recurso es demasiado expedito y fácil para resolver a alguien autodefinido como «una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar», y que hace con su Walther P-38 lo que otros jefes militares delegan en impersonales pelotones. Estas ejecuciones pudren su memoria. En la Sierra Maestra desenfunda y liquida una y otra vez pobres campesinos sospechosos. Declara en 1958 a Agustín Alles de Bohemia, como una especie de Rimbaud artillado.

“… Asaltaré las barricadas y trincheras, teñiré con sangre mis armas y loco de furia degollaré a cuanto enemigo caiga entre mis manos». En el sitio El pedrero se sale un momento de una reunión con dirigentes estudiantiles que habían subido a la Sierra a verlo, y acribilla tranquilamente dos supuestos soplones y un tiempo después a Juan Pérez, guajiro padre de tres niños. A otro le vuela la cabeza pese a que el tribunal presidido por Ramiro Valdés lo había absuelto por falta de pruebas. La gloria de su «entrañable transparencia» es la toma de Santa Clara, y la operación de descarrilar un tren blindado con tropas y arsenal. Lo que no se dijo es que el comando del tren ya se había pasado a los rebeldes con las armas, por lo que el ataque fue una masacre a mansalva de aliados, sólo para inventar la leyenda (que luego musicalizará el inefable Carlos Puebla) Guevara recorría las calles de Santa Clara con la tropa, y el dirigente comunista Freddy Torres le soplaba «culpables» a los que ejecutaba in situ.

«¡Cño…, aquí como que no quisieron bañarse con agua, sino con sangre… hay un muerto en cada esquina!». exclamó Camilo Cienfuegos cuando entró a la ciudad el día siguiente… Comienza la larga temporada en el infierno. El Che es Jefe de la Comisión Depuradora de las Fuerzas Armadas en la Fortaleza de La Cabaña. Quien llegaba ahí, ya estaba virtualmente fusilado. Murieron cientos de hombres. Un caso escalofriante es el teniente José Castaño, un militar tan recto que hasta los rebeldes lo apreciaban. Castro llamó al Che para ordenarle el indulto, pero ya se había apresurado a meterle dos tiros en la cabeza con su Walther.

Guevara entrega al soldado mensajero una lista de nombres con cruces al lado y su firma abajo. «Esos serán los fusilados de mañana» -comenta a alguien que lo visitaba. El interlocutor, un amigo suyo le pregunta -«¿pero si el juicio es esta noche… cómo sabes cuáles serán?»- «así son las cosas aquí», responde. Soderbergh pierde la oportunidad de explorar esos puntos y aquel conmovedor final de la vida del personaje: la ruptura con Fidel Castro que lo aleja de Cuba sin retorno, -como le cuenta a Mario Monje, jefe del Partido Comunista de Bolivia- para entender por qué Castro lo entrega a la CIA. Era demasiado peligroso para estar vivo. En 1957 le había escrito a Hilda Gadea, su mujer «… estoy en la manigua cubana, vivo y sediento de sangre». Murió literalmente ahogado en sangre. 

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