25 de octubre de 2021 11:27 PM

Migrantes detenidos en Libia sufren chantajes y golpizas

Osman Touré lloraba por el dolor de la tortura y las golpizas reiteradas mientras marcaba el número de celular de su hermano.

Miami Mundo / AP

“Estoy en prisión en Libia”, dijo en esa llamada, en agosto de 2017. “Me matarán si no pagas 2.500 dinares en 24 horas”.

En cuestión de días, la familia de Touré transfirió los aproximadamente 550 dólares exigidos para conseguir que saliera de un centro de detención del gobierno en Libia. Pero no le dejaron libre. En lugar de eso, le vendieron a un traficante y estuvo esclavizado cuatro años más.

Touré es uno de los decenas de miles de migrantes que han sufrido torturas, violencia sexual y extorsión a manos de los guardias en centros de detención en Libia, un importante punto de tránsito para los migrantes que huyen de la pobreza y las guerras en África y Oriente Medio con la esperanza de labrarse una vida mejor en Europa.

El guineano de 25 años, al igual que otras dos docenas de migrantes, habló con The Associated Press a bordo del Geo Barents, un barco de rescate operado por el grupo humanitario Médicos Sin Fronteras en el Mediterráneo, cerca de la costa libia.

La mayoría habían sido retenidos en almacenes de traficantes y centros de detención del gobierno en el oeste de Libia en algún momento de los últimos cuatro años.

Estaban entre los 60 migrantes que huyeron de Libia el 19 de septiembre en dos endebles embarcaciones y que fueron rescatados al día siguiente por el Geo Barents.

La Unión Europea ha enviado 455 millones de euros a Libia desde 2015, principalmente a través de agencias de Naciones Unidas, con el objetivo de reforzar la Guardia Costera libia, reforzar su frontera sur y mejorar las condiciones para los migrantes.

Sin embargo, se han desviado enormes sumas a redes de milicianos y traficantes para explotar a los migrantes, según una investigación de AP de 2019. También hay cómplices entre los guardacostas, que entregan a los migrantes a centros de detención con acuerdos con milicias o exigen pagos por dejar marchar a otros.

Investigadores enviados por Naciones Unidas dijeron la semana pasada en un reporte de 32 páginas que “en definitiva, las políticas que pretenden empujar a los migrantes de vuelta a Libia para mantenerlos lejos de las costas europeas derivan en abusos” que podrían incluir crímenes contra la humanidad.

Los migrantes, la mayoría del África subsahariana, dijeron a AP que los guardias de los centros de detención los golpearon y torturaron antes de extorsionar dinero a sus familiares. Sus cuerpos mostraban las marcas de heridas viejas y recientes y cicatrices de balas y cuchillos en la espalda, los brazos, las piernas y el rostro.

Sobre el papel, los centros de detención los gestiona el Directorado para Combatir la Migración Ilegal, supervisado por el Ministerio del Interior y las autoridades provisionales libias, que asumieron el cargo este año dentro de las mediaciones de la ONU para celebrar elecciones nacionales a final de año. Pero sobre el terreno, el control sigue en manos de milicias conocidas, según migrantes e investigadores de Naciones Unidas.

Voceros del gobierno libio, el Ministerio del Interior, el directorado y los guardacostas no respondieron a llamadas y mensajes pidiendo comentarios.

Touré comenzó su viaje en marzo de 2015. Los traficantes le retuvieron durante meses en dos ocasiones, en Níger y Argelia, antes de cruzar a Libia en abril de 2017, explicó.

Cuatro meses después embarcó desde Libia, pero fue interceptado por guardacostas y devuelto a Trípoli. Desde el puerto le llevaron al centro de detención Mártires de Al-Nasr en Zawiya.

Allí comenzaron las torturas. Describió cómo los guardias colgaban boca abajo a los migrantes y les azotaban los pies descalzos.

En su segunda semana en prisión, se le acercaron seis guardas. Uno le dio una fuerte cachetada en el rostro. El resto le patearon y golpearon. Después le dieron un celular y le ordenaron que llamara a su familia.

Tres días después de la llamada, le sacaron de su celda. Creyó que saldría libre. En lugar de eso, los guardias le vendieron a un traficante en Zawiya. Pasó los cuatro años siguientes esclavizado y trabajando en el almacén del traficante.

Su suerte cambió por fin en septiembre, cuando la esposa del traficante convenció a su marido de que le dejase ir, dijo. En cuestión de días estaba en un pequeño bote hinchable con otras 55 personas para intentar la travesía del Mediterráneo.

La sobrecargada lancha no llegó muy lejos. Los tripulantes fueron rescatados por el Geo Barents a 48 millas náuticas de la costa libia. Los llevaron a Sicilia, donde las autoridades italianas permitieron atracar al barco de rescate el 27 de septiembre y dejaron que los migrantes solicitaran asilo. Aún podrían ser devueltos a sus países natales si sus solicitudes se ven rechazadas.

Touré y otros migrantes dijeron que el racismo había sido un factor en los abusos que sufrieron en Libia. El reporte de la ONU concluyó lo mismo, que los africanos subsaharianos negros tenían más posibilidades que otros migrantes de recibir un trato más duro.

“Libia no es un lugar seguro para los africanos negros”, dijo Touré.

Para algunos, especialmente migrantes árabes, el calvario terminó sin detención siempre que pudieran pagar. El tunecino Waleed dijo a AP que sobornó a los guardias cuatro veces en el puerto de Trípoli y salió libre. Mohammed, un marroquí, también dijo que fue liberado en el puerto en 2020 tras entregar unos 3.000 dinares (660 dólares). Los dos hombres pidieron no dar su apellido por temor a la seguridad de familiares que seguían en Libia.

Los guardacostas han interceptado a unos 87.000 migrantes en el Mediterráneo desde 2016, incluidos unos 26.300 en lo que va de año, según cifras de Naciones Unidas. Pero sólo unos 10.000 están en centros de detención, según la agencia de migraciones de la ONU, lo que aumenta las preocupaciones de que muchos estén en manos de grupos ilegales y traficantes, y otros hayan muerto.

El reporte de la ONU no identificaba sospechosos y señaló que hacía falta más investigación para dirimir quién tiene la culpa.

Pero los migrantes y otras personas en Libia creen que la cuestión está clara: son las milicias y los líderes militares convertidos en influyentes miembros del gobierno en muchos lugares.

La ciudad costera de Zawiya, donde está el centro de detención Mártires de Al-Nasr, está controlado por la milicia Mártires de Nasr, que tiene “la última palabra sobre los asuntos militares y seguridad de la ciudad”, dijo un exmiembro de alto rango del Directorado para Combatir la Migración Ilegal, que habló bajo condición de anonimato por miedo a represalias.

“Es una mafia bien conectada con influencia en todos los rincones del gobierno”, dijo el funcionario.

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